martes, 30 de junio de 2015

El fin de la eternidad

Quizás te acuerdes (sólo quizás) de aquellos días de apasionada felicidad en que juramos ingenuamente ser eternos.
Quizás, quizás no, te saque una sonrisa recordar esos días con sus noches. Cuando la pasión era pasión y no rencores apasionados. Cuando el amor bastaba y no había un pero que molestara.
Había una historia que contar y no incluía recuerdos dolorosos ni ilusiones desgastadas. Cuando lo único que hacía falta eras vos y era yo.
Hubo un sueño que al parecer soñamos juntos antes de despertar. Y al abrir los ojos sonreíamos los dos y no había nube que no se pudiera disipar con una mano. La misma que acariciaba tu espalda, vértebra por vértebra, mientras descansabas desnuda en la cama. Un sueño que se tornó pesadilla de las que no asustan pero te dejan triste.
Teníamos una cajita, donde guardábamos las fantasías y los proyectos para un futuro lejano y promisorio. Un futuro que jamás llegó de tan lejano.
La realidad detrás de la euforia era oscura y caprichosa. La eternidad tenía fecha de caducidad, las nubes nos taparon. Nos aferramos a la pesadilla, que es lo único que nos queda.

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